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5 de Julio de 2016

Wimbledon 1980-2016: el “IoT-enis”

Wimbledon 1980-2016: el “IoT-enis”

Wimbledon 1980-2016: el “IoT-enis”

Escrito por , 5/07/2016

“This is live, just past two o´clock in the afternoon in London, an overcast afternoon, a threat of rain but I think the weather will hold up”. “Estamos en directo, pasan pocos minutos de las 2 de la tarde en Londres. Tendremos una tarde con el cielo cubierto y con riesgo de agua pero parece que no va a llover”. Así daba la bienvenida a su audiencia Bud Collins, el legendario comentarista de tenis de la NBC, para presentar el que con los años se consideraría el mejor partido de la historia del tenis.

Ese 5 de julio de 1980 dos deportistas en el cénit de su carrera se enfrentaron en un duelo tan apasionado que se convirtió en una leyenda del deporte. La final de Wimbledon se celebra cada año en la pista central de un pequeño estadio de color verde a las afueras de Londres. En ese partido de hace hoy justo 36 años se dieron cita todos los elementos que cualquier aficionado al deporte como espectáculo sueña con ver alguna vez en su vida: dos estilos de juego llevados a la máxima expresión de belleza, dos temperamentos opuestos en el campo, el fuego contra el hielo, y una forma de competir hasta morir extraordinaria.

Veinticuatro horas antes, tumbado en la cama de su habitación de hotel, un jovencísimo John McEnroe contemplaba la rueda de prensa que acababa de celebrar con los medios internacionales y que, por su culpa, acabó a puñetazos entre los periodistas americanos y británicos. A pocas horas de su mayor desafío profesional, disputar la final de Wimbledon, sólo recibía preguntas por parte de la prensa británica sobre su novia. McEnroe, que acababa de vencer a Jimmy Connors en las semifinales y se enfrentaba en la final a Björn Borg, el mejor tenista del mundo, respondió: “Me estáis cabreando. Me hacéis estas preguntas para cabrearme”. A continuación, se levantó y abandonó la rueda de prensa a toda prisa.

Börg deseaba con todas sus fuerzas jugar contra su amigo John. Llevaba tiempo observando su ascensión meteórica apoyada en un portentoso e insólito juego de saque y volea. El as nórdico sabía que la principal amenaza del juego del neoyorquino de pelo rizado era su servicio. Primero se ponía de medio lado y se agachaba dando la espalda al rival, luego balanceaba la raqueta dos o tres veces de forma mecánica mientras botaba la pelota, y entonces se erguía y golpeaba la bola. Sólo en ese momento su oponente podía ver la trayectoria de la pelota y comprobar si se había situado correctamente en la pista para devolver un golpe decente.

Me pregunto cómo se hubiera vivido este partido hoy en día, en la era del IoT, el reconocimiento facial y el Ojo de Halcón.

En 2016, unos días antes de la final, un Borg relajado habría contemplado en la pantalla OLED de 60’ del salón de su casa el lugar exacto donde botan los primeros saques de McEnroe en los últimos veinte encuentros. Sabría que el 27 por ciento van al ángulo derecho, el 10 por ciento al centro y el resto se reparte en la línea central y el ángulo izquierdo. Su entrenador le comentaría: “¿cómo puede este chico poner tantas bolas en la línea?”.

Tras jugar varios partidos contra el neoyorkino, Borg decía en 1980 que lo más sorprendente del juego de Mc Enroe era su increíble velocidad para subir a la red: “John no parece un jugador rápido pero en décimas de segundo, desde que realiza su saque hasta que yo devuelvo el golpe, aparece de la nada en la red y volea al otro extremo del campo, la mayoría de las veces sobre la línea.”

En la era digital el nórdico sabría a ciencia cierta el número de veces que puede subir a la red, la velocidad de su sprint, cómo golpea la bola, cuántas veces lo hace a la derecha y a la izquierda y hasta podría detectar en qué momentos del partido se enfada de verdad y cuando finge gracias al software de reconocimiento facial.

En 1997 otro gigante del tenis, Pete Sampras, habló de John McEnroe: “Tiene las mejores manos de la historia del tenis y pasarán cincuenta años antes de encontrar a otro jugador con un tenis tan majestuoso. Me encanta contemplar su belleza estética. Uno nace así, lo lleva en los genes. Mi juego es mucho más brusco, más de fuerza, mucho menos sutil”, afirmaba el ganador de 14 Grand Slams.

Hoy día hace gracia escuchar el sonido de aquellos cordajes al golpear la pelota. Las raquetas de tenis de principios de los 80 eran de madera, y como la madera se torcía y se dilataba, había que guardarla protegida en una estructura que evitara su deformación. McEnroe usaba la legendaria “Dunlop Maxpli” y Borg la desaparecida “Donnay”. Por no hablar de peinados, chándales, o pantalones cortos y zapatillas, muy lejos también de la ropa smart actual.

Pero, ¿y qué más daba? Nadie, ningún otro dúo de deportistas de la historia ha hecho disfrutar y sufrir a la vez tanto a los aficionados al tenis. Al americano le amábamos por su tenis exquisito, impredecible y genial y le odiábamos a la vez cuando perdía el control y se convertía en un niñato quejica y mal perdedor. De Borg nos admiraba su frialdad y su aspecto de vikingo de pelo largo rubio y piel bronceada que tanto furor hacía entre sus fans. Durante una década se había sometido a una disciplina inhumana con el único objetivo de llegar a ser el número uno. Llevaba reinando cuatro años pero sabía que su adversario sería el siguiente rey.

En 2016 un John McEnroe digital habría estudiado con detenimiento la rutina de preparación del sueco. Sabría, por su perfil de Facebook, que se levanta todos los días a las 6:00 de la mañana, corre 10 kms y conocería el resto de la agenda milimétrica que sigue para desarrollar al máximo su potencia física y su extraordinaria técnica: a las 10 de la mañana práctica el revés a dos manos y su saque demoledor durante 90 minutos, luego natación 60 minutos, almuerza, siesta, gimnasio, partido de entrenamiento, cena y a la cama. Y así un día y otro. Su entrenador le preguntaría de nuevo: “¿Johnny, cómo paramos al tenista con la mejor forma física del circuito?”. McEnroe respondería por enésima vez: “Ganándole en tres sets. Si dejamos que llegue al cuarto o quinto, nos pasará por encima”.

Son las 15:10 del 5 de julio de 1980. Comienza el partido. El tenis en estado puro aterriza en la pista. Nadie puede apartar la mirada de estos genios golpeando la pelota. Una sensación perturbadora y maravillosa recorre al espectador: cualquier cosa puede pasar en un Borg vs McEnroe. Nunca se ha vuelto a dar una sensación similar en el circuito ATP. Los aficionados, hechizados, no pueden apartar la mirada de extraordinaria, pero sobre todo del americano mientras se preguntan: “¿cuándo ocurrirá?, ¿cuándo le saltarán los plomos?”. De pronto el Juez de silla señala una bola fuera a McEnroe. La cámara muestra un primer plano del jugador con su pelo rizado y mejillas sonrosadas. Su mirada azul cambia de forma casi imperceptible. El plano ahora muestra cómo el jugador, con los brazos en jarra, gira la cabeza y se dirige lentamente hacia el centro de la pista. El Juez de silla se remueve en su asiento mientras un escalofrío le recorre el espinazo: “Ay Dios, que viene a por mí”.

McEnroe pone su mirada diabólica, el público británico empieza a murmurar y comienza la diversión cuando a voz en grito le dice al Juez de Silla: “That ball was on the line!”.

La pregunta que queda en el aire es: ¿hubiera John Mc Enroe gritado su famosa frase de “La bola entró” de haber existido la tecnología del Ojo de Halcón?

Nunca lo sabremos. Mientras tanto, uno puede deleitarse con las imágenes de aquel fantástico partido cuyo tie-break del cuarto set acabó con una puntuación de 18 a 16 a favor de…

Imagen: cherrypatter

Sobre el autor

Pablo Ortega Bofill

Pablo Ortega Bofill

Licenciado en Empresariales por la Universidad de Alcalá, realicé estudios de Marketing en la University of New Mexico. Soy experto en marketing de servicios de telecomunicaciones para grandes clientes, y desde 2012 facilito el aterrizaje comercial de los servicios de seguridad en clientes multinacionales. También realizo traducciones, y doy talleres de formación en presentaciones eficaces en inglés.
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