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Transformación Digital
1 de Agosto de 2014

Están en nuestras casas, los quirófanos o el ejército… Sorprenderían a Turing

Están en nuestras casas, los quirófanos o el ejército… Sorprenderían a Turing

Están en nuestras casas, los quirófanos o el ejército… Sorprenderían a Turing

Escrito por , 1/08/2014

En mi post de ayer os hablaba del experimento sociológico que van a hacer con hitchBOT, el robot autoestopista canadiense. La verdad es que siempre me han llamado la atención los robots y el concepto de inteligencia artificial, el cómo las máquinas y los ordenadores pueden avanzar en el uso de sus capacidades para dejar de ser meros autómatas y cruzar la línea que delimita lo que podemos denominar razonamiento.

En la televisión y en el cine se ha tratado el tema de forma recurrente. Me vienen a la memoria series como “El coche fantástico” donde Kitt era mucho más que un deportivo, películas como “El hombre bicentenario” y “Yo robot”, ambas por cierto basadas en relatos de uno de los grandes de la ciencia ficción, Isaac Asimov. En sus relatos explora y navega con maestría en las turbulentas aguas de los “cerebros positrónicos” con sus apasionantes capacidades, similitudes y también miserias en la inevitable comparación y relación con nosotros los humanos, “superiores” en teoría, aunque no siempre en la práctica (“Evidence”, I. Asimov, 1946 ).

Aun cuando no existe un modelo único de clasificación de los robots, podemos categorizarlos atendiendo a su morfología y a sus usos o aplicaciones:

  • Según la morfología, distinguimos los poliarticulados, orientados a entornos industriales y que suelen ser brazos de robot con un movimiento limitado y función específica; móviles, con ruedas u otros sistemas que les permiten desplazarse; zoomórficos, que imitan a seres vivos; o androides con locomoción bípeda a imitación de la humana.
  •  Según su aplicación, podemos encontrar robots de uso industrial que desde hace mucho tiempo gestionan la producción de todo tipo de productos; de servicio, que funcionan de forma autónoma para proporcionar prestaciones útiles y entre los que podemos encontrar robots de servicio a los humanos (medicina, hogar, entretenimiento…); orientados al equipamiento (limpieza, mantenimiento, reparaciones…) y, por último, robots con otras funciones (vigilancia, exploración, investigación…)

Muy interesante al respecto el post de Javier Almellones en el que explicaba el marco regulatorio sobre los parámetros de seguridad que deben cumplir los robots dedicados al servicio personal.

Con los pies en la tierra, son innegables los avances que en esta materia ha habido, todos hemos visto fantásticas imágenes del Rover Curiosity en su exploración a Marte, hemos leído acerca de intervenciones quirúrgicas realizadas con la ayuda de robots como Da Vinci que facilita visión en tres dimensiones, una mayor precisión y acceso a lugares difíciles, o conocemos las hazañas de los robots del ejército y la policía para acceder y mostrar imágenes de lugares peligrosos y realizar otras tareas como la desactivación de explosivos. En un plano más cercano tenemos intentos, aún no muy convincentes, de asistentes” en el móvil, una suerte de mayordomos personales que interactúan con nosotros y nos ayudan a resolver cuestiones o tareas (SIRI, Sherpa…).

Soy de la opinión de que aún estamos lejos de conseguir dotar a una máquina de una inteligencia tal que simule en cierto grado nuestra psique y capacidades. Esto, claro, nos plantea el debate sobre qué podemos denominar inteligencia. Alan Turing escribió en 1950 el artículo “Computing Machinery and Intelligence” en el que se planteaba cómo demostrar la inteligencia de una máquina comenzando con la pregunta “¿Pueden las máquinas pensar?” Exponía en el artículo que algo aparentemente tan básico no es tan fácil de responder y acababa concluyendo que si una máquina se comporta en todos los aspectos como inteligente, entonces debe ser inteligente. Se planteó entonces un desafío, el llamado test de Turing. Imaginemos un juez en una habitación, y una máquina y un ser humano en otra contigua. El primero planteará preguntas que ambos responderán por escrito y el juez, según las respuestas, debe descubrir cuál es el humano y cuál la máquina, y ambos -humano y máquina- pueden mentir al contestar. La tesis de Turing es que si ambos jugadores son suficientemente hábiles, el juez no podrá distinguir quién es quién. El caso es que recientemente un ordenador ha logrado superar por primera vez el test de Turing al engañar al 33 por ciento de los jueces.

Sin duda, un gran paso de la inteligencia artificial, aunque los más críticos sostienen que no se trata de una supermáquina, sino de un programa optimizado para conversar, pero no para pensar.

¡Feliz verano!

Imgen: The National Guard

Sobre el autor

Alberto Fernández Castro

Alberto Fernández Castro

Ingeniero de Telecomunicación por la Universidad Politécnica de Madrid. Interesado en la tecnología, en particular en su evolución imparable, su influencia en nuestro día a día y en nuestra manera de relacionarnos. Especializado en el "impulso" de Servicios TIC en grandes clientes, especialmente en sus facetas de cloud y seguridad, what next? Apasionado de las charlas con gente interesante y los largos paseos por el campo.
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