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Sociedad digital
5 de abril de 2019

Y después de los coches voladores, ¿qué?

Y después de los coches voladores, ¿qué?

Y después de los coches voladores, ¿qué?

Escrito por , 5/04/2019

Muchos recordaréis la escena de “Volver al futuro II” en la cual el DeLorean transformado en “coche volador” despega del suelo y se dirige por la “skyway” (“¿aerovía?”) desde el centro de Hill Valley a la casa de Marty McFly en la urbanización Hilldale. Podría parecer el sueño de muchos conductores para huir de los atascos… Me sirve a la perfección como ejemplo de que la transformación del transporte y la sociedad deben ir parejas, como explicaré en este post.

La ironía es que encuentran la “skyway” completamente congestionada hasta el punto que se intuye que tardan horas en llegar (despegan bajo la luz del sol y cuando llegan es completamente de noche). En síntesis, vemos que se trata de una gran transformación tecnológica para lograr el mismo resultado. Los guionistas de la película, Robert Zemeckis y Bob Gale, parecen querer decirnos: hagamos lo que hagamos, siempre habrá atascos.

Algo de eso ocurre en la actualidad cuando aparecen nuevos medios de transporte. Por ejemplo, el patinete eléctrico parecía una forma cómoda y barata de realizar viajes cortos en el entorno de las grandes ciudades. No hacía falta una licencia oficial ni grandes conocimientos y cuando aparecieron las empresas de sharing fue aún más fácil utilizar uno. Pero meses después vemos que, a raíz de las primeras incidencias, las cosas se han complicado. Los ayuntamientos empiezan a regularlo. Ya no se puede circular por las aceras con ellos y es necesario contratar un seguro obligatorio contra accidentes y llevar casco. No tardaremos en ver cómo, además, será necesario obtener una licencia oficial. Hemos llegado al mismo resultado.

Podríamos decir lo mismo de las empresas de VTC (Vehículos de Turismo con Conductor). El objetivo era una mejor utilización de los recursos y de la infraestructura urbana, mayor eficiencia y competitividad. Pero la idea ha derivado en grandes empresas a la manera tradicional de los taxis con chóferes asalariados, regulaciones de tiempo, paradas y cantidad de vehículos (lo cual acaba desencadenando un conflicto con los taxistas, que ven amenazado el monopolio legal del que disfrutaban).

Y podría seguir con los ejemplos.

En general, las innovaciones en el sector del transporte tienen poco recorrido y nos llevan al mismo punto. Pero ¿por qué? Porque el sector satisface las necesidades de particulares y empresas según el modelo de economía industrial de mediados del siglo XIX. Lo explicaré:

Antes de la generalización de la máquina de vapor, la organización de la sociedad se basaba en la producción local o regional. Los medios de transporte más rápidos y de mayor capacidad eran los carros a caballo, las barcazas fluviales y los barcos de vela. Por eso, cada región debía “vivir con lo suyo”. El comercio en grandes cantidades estaba restringido a productos de muy alto valor por su elevado coste y los largos plazos de entrega. No había grandes ciudades sino una miríada de ciudades medianas. La gente debía vivir, necesariamente, muy cerca de su trabajo.

Existían, claro, nuevas tecnologías aplicables al transporte. Los carros con rieles, con tracción a sangre, se conocían desde la antigua Grecia y se utilizaron con frecuencia en Europa desde la Edad Media. La primera locomotora fue construida por James Watt en 1769. El primer automóvil a vapor (el “carro de fuego” de Cugnot) comenzó a rodar en 1770.

La era industrial lo cambió todo. La producción creció exponencialmente, se demandaron trabajadores del campo y crecieron las ciudades. La mecanización del transporte con ferrocarriles y barcos a motor facilitó la expansión del comercio. El desarrollo de los motores de explosión y eléctricos mejoró la movilidad urbana con el desarrollo de tranvías, subterráneos, trenes de cercanía y automóviles públicos y privados, lo que permitió que los trabajadores vivieran más lejos y las ciudades crecieran aún más.

La organización de la producción y los medios de transporte obligó a sincronizar el tiempo (apareció la hora oficial) y el grueso de la fuerza laboral empezó trabajar en un horario muy parecido (las “horas punta”).

En resumen, fue la creación de una sociedad industrial lo que impulsó el actual modelo del sector transporte. Dicha sociedad industrial alimentó a las empresas de transporte de tecnologías innovadoras, que le permitieron ofrecer nuevas alternativas todavía más eficaces y eficientes, formando un “círculo virtuoso”.

¿En qué punto nos encontramos ahora? Como en el siglo XVIII, disponemos de nuevas tecnologías, mucho más avanzadas de lo que pensamos, pero no seremos capaces de aprovecharlas totalmente mientras no se produzcan cambios sociales radicales. Nos encontramos, quizá, en algún punto entre 1770 y 1830, año en el que empezaron a funcionar los primeros ferrocarriles comerciales. Tenemos tecnología del siglo XXI en ciudades diseñadas para la sociedad de finales del XIX.

Esto ocurre porque todavía no se ha producido, en la práctica, el cambio de la “sociedad industrial” a la “sociedad de la información”. Por mucho que quisiéramos acelerarlos, estos cambios llevan generaciones porque implican importantes transformaciones culturales y de las infraestructuras.

En la “sociedad de la información” las necesidades de transporte serán probablemente muy diferentes a las actuales. En un entorno en el cual el producto más abundante es el dato, no parece necesario desplazarse a trabajar a una oficina o una fábrica. De hecho, si lo seguimos haciendo ahora es más por una cuestión cultural que por necesidad real. Sólo el 7,4 por ciento de los puestos de trabajo en España a día de hoy se desempeñan desde casa. El digital workplace reducirá sustancialmente la necesidad de “transporte forzoso” al lugar de trabajo. La gente podrá trabajar desde distancias muy diversas y en horarios muy diferentes. El modelo educativo también cambiará. No habrá necesidad de alinear horarios de escuela con el trabajo. Quizá gran parte del aprendizaje pueda realizarse online o en un formato de escuela muy diferente, en el que no haya que ir todos los días al colegio, salvo para actividades que necesariamente sean grupales.

Por otro lado, en la “sociedad de la información” las necesidades de abastecimiento serán otras. Si se generaliza la entrega a domicilio por el medio más eficiente posible (vehículos autónomos, drones…) se elimina otro grupo de viajes forzosos y se reduce la utilización de carreteras y calles. En cambio, pueden crecer los “viajes voluntarios”, con fines lúdicos (turismo, espectáculos) o de bienestar (visitas al médico incluidas, en una sociedad más envejecida, cuando no se pueda aplicar el eHealth).

En dicho escenario se pueden inferir algunas cosas interesantes: las infraestructuras de transporte urbano, con sus esquemas radiales (de la periferia al centro), rutas y horarios fijos, quedarán obsoletas.

En un mundo con horarios mas racionales, la utilización del transporte privado será mucho más eficiente, más aún con vehículos autónomos y agrupados en pooles compartidos. Se podrían planificar miles de trayectos diferentes en tiempo real, con diversidad de medios para llevar desde uno a cientos de viajeros.

En definitiva, el sector del transporte tiene que estar preparado para sumarse y apoyar estos cambios sociales (que son inevitables en el largo plazo), pero sin adelantarse a los mismos o corre el riesgo de sufrir grandes fracasos (“Las ventas de patinetes eléctricos caen en picado”). Cualquier nueva tecnología de transporte tendrá que adaptarse a la realidad de una sociedad que vive, culturalmente, a final del siglo XIX.

Y, vale la pena repetirlo, esto ocurrirá dentro de mucho más tiempo del que esperamos porque, igual que nuestros antepasados de hace cien años, somos exageradamente optimistas y solemos sobrevalorar la velocidad de los cambios. Queremos que el futuro ya esté aquí, aunque falten décadas para que llegue.

Al fin y al cabo, los guionistas de “Volver al futuro” situaron la acción futurista con coches voladores, patinetes de colchón de aire y comida deshidratada desde su presente en 1988 de forma muy optimista en 2015. Para ello contaron con la colaboración del diseñador Edward Eyth, que intentó proyectar el desarrollo de la sociedad treinta años hacia adelante. Aquí se pueden ver algunos de sus diseños, incluso los que no llegaron a usarse en la película. Acertó en unas cuantas cosas, pero fue muy adelantado en la mayoría. No es el único caso.

Como se cuenta en el blog de Guillermo Schávelzon: “En la Feria del Libro de Francfort de 2008 una macroencuesta entre mil editores de 30 países marcó 2018 como el momento en que el libro electrónico superaría en volumen el negocio tradicional… El libro electrónico, en la edición en español, hoy representa menos del 6 por ciento del total”.

Pero, a pesar del optimismo en vislumbrar los avances tecnológicos, Zemeckis y Gale, acertadamente, no pudieron imaginar otra cosa que a Marty McFly viviendo en una urbanización en las afueras, donde todo el mundo sale de trabajar al mismo tiempo, él llega a casa con un portafolios (¿llevará papeles?) y se identifica en la empresa con una tarjeta de banda magnética. Como sigue ocurriendo en 2019.

Imagen: crisinphilly 5448

Sobre el autor

Víctor Eduardo Deutsch

Víctor Eduardo Deutsch

Tengo veinticinco años de experiencia en gestión de empresas tecnológicas y he trabajado como consultor de grandes empresas en veinte países en Europa y América. Antes que en Telefónica trabajé en KPM Consulting. He sido profesor adjunto de la Universidad de Buenos Aires-UBA, coautor del programa ejecutivo en eProcurement para el Instituto de Empresa (Madrid) en 2003, investigador UBA y coautor de trabajos de inteligencia artificial, así como del Manual de desarrollo Empresario “Líderes del tercer milenio” y autor de numerosos artículos en medios de España y Argentina.
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